El fin de semana pasado volví a pisar la provincia de Treviso, que había sido destino de mi primer viaje a Italia hace ahora un año y medio. Las historias de aquel viaje se quedaron en el tintero, así que he aprovechado para sacarlas a la luz ahora en Me Pica en Flandes.
Me decía Guerrino hace unas semanas: “Le he dicho a mi madre que te han dado el curro en Italia y está más contenta que yo“. Basta con esto para darse cuenta de lo bien que me iban a recibir. Preparé ropa para 2 días, elegí como regalo para mis anfitriones una botella de licor de guindas, y me metí algo más de 300 kilómetros de autopista, dispuesto a reencontrarme con un buen amigo.
En Caselle di Altivole, su casa de toda la vida, Guerri prepara el siguiente asalto de su vida laboral, la fase post-ICEX. Atrás quedan Varsovia y Budapest, y ahora toca buscar nuevo cobijo, quizá en otro sitio, quizá en otro país, quizá en otra institución.

Casi-turismo de proximidad
A menos de una hora alrededor de Caselle hay varios sitios de interés turístico, no de mucho renombre, pero que permiten planificar una ruta de un día, bastante apañada para los visitantes ocasionales. Esa, al menos, era la intención original, pero pese a nuestros esfuerzos por estar despiertos a eso de las 10, no logramos encajar a derechas ni un solo horario.
Comenzamos en Asolo. En este pueblo, y después de subir un rato largo a pie, se encuentra “La Rocca“, una construcción defensiva de hace pila de años. Cuando llegamos a su puerta, cerrada, comprobamos que estábamos dentro del horario de apertura, ¿por qué estaba el cerrojo echado? Mientras deshacíamos la cuesta, nos íbamos acordando de los familiares de algún funcionario italiano ocioso que decidía según el viento que daba si subía a abrir la cancela o no. Descartamos esta opción cuando vimos claramente anunciado al inicio de la subida (era sábado) que solo abrían los domingos. Casi, por un día.
Seguimos por Possagno, donde se puede ver el Tempio del Canova, una construcción que auna elementos griegos, latinos y cristianos. Obra de un escultor llamado, adivinen, Cánova, y cuyo turno de entrada por la mañana acaba (eran las 12:05) a las 12 en punto. Casi, por 5 minutos.

Rematamos la jornada abordando el Monte Grappa. Este pedazo de montaña se levanta como una pared, dominando la llanura. Todo es llano, agrícola en sus tiempos, en los alrededores, y de repente, 1700 metros de ascensión casi recta. Con razón es un símbolo religioso antiguo, un monte sagrado. La bebida, la grappa, es desde luego de esta zona, lo que hace dudar de si fue el monte sagrado el que le dio el nombre a la bebida, o era la bebida lo que era sagrado, y de ahí todo lo demás. El GPS nos guió para encontrar las 28 curvas de la ascensión. A partir de la 18 nos encontramos con decenas de parapentistas alemanes, aprovechando el gran desnivel para su vicio aéreo favorito. A partir de la 24, empezamos a ver aumentar la nieve en las cunetas, y a falta de 7 kilómetros para culminar la ascensión, nos vimos obligados a parar: la carretera estaba cortada por la nieve. Casi, por 4 curvas.


Esa gran hospitalidad
Por un lado, de los amigos (de mis amigos), que me invitan a beber. De los 3 que estuvieron presentes en la visita anterior, uno anda por Afganistán, otro por Madrid, y sólo Sergio sigue por aquí, currando en una bodega. Me invitó a tomar un “spritz“, una combinación de aperitivo, vino blanco y agua con gas, muy popular en la zona de Treviso. Y quien dice uno, dice “venga, ponme otro, parece que está rico esto“. Además de meterme en la maleta una botella de vino de su bodega, diciendo: “Este es un vino dulce, le suele gustar a las mujeres (guiño)“, asi que prometí degustarlo en buena compañía.
Por otro lado, de los padres (de mis amigos), que además de invitarme a beber, y a comer, tienen listo para el desayuno un capuccino estupendo. Lo dice uno que jamás en la vida ha bebido café, hasta ahora. Grandes Rino y Tiziana, que además de poner al fuego unos chuletones de ternera espectaculares, me sirvieron de sparrings lingüísticos. Si la vez anterior la comunicación era complicada, en esta el italiano patatero que practico sirvió para poner la conversación a otro nivel. Un nivel lleno de patadas al diccionario y de discordancias entre género y número. ¡Ah, los difíciles comienzos!
Y desde luego, el amigo. El castigador, el fiestero, el incansable, y mira que fuimos incapaces de movernos el sábado por la noche, quizá porque habíamos estado bebiendo entre vinos, spritz, cervezas y demás, desde la 1 hasta las 7 de la tarde. Los castigadores, castigándose a sí mismos. El domingo acabamos el viaje yendo, o peregrinando más bien, a Bassano del Grappa. Así nos asegurábamos de que al menos el puente, el viejo puente de Bassano, estaría abierto.
Gracias compadre, ¡volveré pronto!
